sábado, 19 de junio de 2010

FRONTERAS DIFUSAS

Lo público vs lo privado

Pensar que hay una vitrina a través de la que se exhibe lo que nos es más íntimo y sensible, y que nuestros afectos y deseos están en un aparador nos eriza la piel.

2010-06-19

La vida privada es un lujo; una adquisición reciente. Desde el punto de vista de la historia, la conquista de la intimidad pertenece a una élite: nace en Occidente en la Edad Moderna. No abarca todas las clases sociales, ni a ambos géneros. Tampoco a los individuos que, pese a ser reconocidos por el Estado como tales, pertenecen a una sociedad tribal o semitribal. Y aunque la división entre lo público y lo privado sea materia difusa dadas las diferencias en las distintas culturas, hay cuando menos un punto en que podríamos coincidir. Un mundo en que todos se conocen y espían, como el de la Edad Media que dibujan Georges Duby y Philippe Ariès, o como el de las sociedades totalitarias, es un mundo en que la vida privada brilla por su ausencia. Como idea, a muchos nos inspira terror. Pensar que hay una vitrina a través de la que se exhibe lo que nos es más íntimo y sensible, y que nuestros afectos y deseos están en un aparador nos eriza la piel. Lo que hasta antes de la Segunda Guerra Mundial era inconcebible —y para millones hoy día en varios países, incluido el nuestro, sigue siéndolo—, esto es, la casa donde las actividades se realizan en habitaciones específicas, la cama propia, la existencia no sujeta a la vigilancia familiar, es una condición básica de una vida vivible. No importa que la mayoría asumamos que no somos paranoicos, que no somos interesantes, que después de todo no tenemos secretos que esconder. Es cuestión cultural. A diferencia de nuestros abuelos, crecimos con la idea de que la intimidad era un derecho, que hay pensamientos y funciones corporales y, en fin, “cosas”, que en buen mexicano no hay “por qué dar a saber”. Lo curioso es que esta intimidad apenas estrenada y ganada con creces (igual que el “tiempo libre”, cuya democratización data de inicios del siglo XX), es algo a lo que queremos renunciar. El fulgurante progreso de las técnicas ha cambiado la noción misma de vida privada, transformándola de tal suerte que en menos de diez años nos ha hecho creer que es una realidad natural. Se nos olvida que en los años cincuenta del siglo XX no se hablaba con extraños, ni se compartían asuntos íntimos con los padres o con desconocidos (que eran lo mismo), que la casa burguesa se caracterizó por separar el cuarto de recepción de personas ajenas de los espacios estrictamente familiares. Que el poco espacio íntimo para un campesino o un obrero ocurría en el quicio de una puerta, a oscuras, alrededor del baile, detrás de un matorral, etcétera. Según Antoine Prost, ése es el origen de la doble moral, que nace como una necesidad de lo íntimo y un impedimiento social. Sólo que ahora hay que exhibir esa intimidad. Confesar la afición, el vicio personal, el secreto. Y si no se tienen, hay que inventárselos. Las redes sociales, los talk shows, la “cámara escondida” ante la que el sorprendido ríe y la cámara oculta que algunos quieren regular son apenas una muestra de la necesidad de captar la vida de los otros y la urgencia aún más insólita de exponer la propia al ojo curioso de los demás. No es necesario preguntarnos el porqué de esta transformación. Si las figuras públicas conocían la necesidad de mostrarse, nosotros sabíamos por qué nos atrae tanto la vida privada de los otros. Primero fue el monarca, luego el hombre público y después los ricos y famosos que aprendieron a explotar una versión de esa otra vida. Así que la pregunta que podríamos hacernos es qué tan privado es lo privado. Cuando menos, lo privado que se exhibe. Y en qué consiste esa tensión entre lo que se desea mostrar y lo que se oculta. De un lado, protestas por la videovigilancia sin aviso, intervención de llamadas telefónicas, violaciones de las agencias de protección de datos, filtraciones del sector financiero y uso indebido de la información de servidores y redes sociales. De otro, la urgencia de hacer de la vida íntima un espectáculo. Pensada a largo plazo, para sociólogos e historiadores la historia de la vida privada de hoy será fácil de explorar: una mina de oro con diversos filones. Uno de ellos será decidir si esa vida privada no era una quimera.

Rosa Beltrán • rosabeltran_a@yahoo.com

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